La habitación estaba iluminada únicamente por el resplandor frío de una pantalla encendida. No había silencio completo, solo el murmullo constante de notificaciones que nunca terminaban de abrirse. Una persona permanecía sentada frente a la mesa, con los ojos fijos en ese brillo que parecía prometer conexión, pero solo devolvía fragmentos de voces ajenas. Cada mensaje llegaba como una chispa breve, suficiente para distraer, nunca para sostener. Afuera, la noche avanzaba sin prisa, mientras dentro el tiempo se fragmentaba en desplazamientos infinitos de dedo sobre vidrio. Hubo un momento en…
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