La lluvia había comenzado antes del amanecer. Las calles aún brillaban bajo las luces amarillas cuando el primer autobús dejó pasajeros frente a los edificios grises del centro. Entre ellos caminaba Arturo, con el cuello del abrigo levantado y una taza de café enfriándose entre las manos. Saludó al guardia de seguridad, revisó mensajes, respondió llamadas y atravesó la oficina como quien repite una ceremonia aprendida de memoria. Nadie notaba diferencia entre sus pasos y los de los demás. Todos parecían avanzar con la misma precisión cansada. A media mañana,…
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